Arrabbiata significa "enfadada", y el nombre viene del picante. Es una receta romana de tres ingredientes de verdad: tomate, ajo y guindilla. Todo lo demás que le añaden por ahí sobra.
Una olla grande con abundante agua y diez gramos de sal por litro. Suena a mucho, pero la pasta solo se sazona ahí: es su única oportunidad de coger sal por dentro.
Mientras, lamina el ajo y ponlo en una sartén ancha con el aceite y la guindilla partida, a fuego suave. Tres o cuatro minutos, hasta que el ajo esté dorado pero no marrón. Si se quema, tira el aceite y empieza de nuevo: amarga todo el plato.
Sube el fuego a medio, echa el tomate triturado y una pizca de sal. Deja que reduzca diez minutos, removiendo de vez en cuando. Sabrás que está cuando el aceite empiece a separarse y se vea brillante por los bordes.
Echa los penne cuando el agua hierva a borbotones y cuécelos dos minutos menos de lo que diga el paquete. Van a terminar de hacerse en la sartén.
Pasa la pasta escurrida directamente a la salsa con un cazo del agua de cocción. Remueve enérgicamente a fuego fuerte durante un minuto: la salsa se va a volver cremosa y se pegará a la pasta en lugar de quedarse en el fondo del plato.
Fuera del fuego, perejil picado por encima. Si quieres queso, pecorino romano; el parmesano aquí queda demasiado dulce. Y come rápido, que la pasta no espera.
El agua de cocción es oro puro. El almidón que suelta la pasta es lo que liga la salsa y la vuelve cremosa sin una gota de nata. Nunca la tires antes de terminar el plato: guarda siempre un vaso por si acaso.