Denso, húmedo, con esa corteza fina y craquelada de arriba. El secreto no está en el chocolate que uses: está en batir los huevos con el azúcar mucho más de lo que crees necesario.
Al baño maría o en el microondas en tandas de treinta segundos, removiendo entre cada una. Cuando esté fundido, déjalo templar: si lo añades hirviendo al huevo, lo cuajas.
Con varillas eléctricas, huevos y azúcar hasta que la mezcla triplique su volumen y quede pálida y espesa. Cinco minutos de reloj, en serio. Aquí es donde se forma la corteza craquelada: el azúcar disuelto sube a la superficie durante el horneado y cristaliza.
Añade el chocolate templado a los huevos batidos con movimientos envolventes, de abajo arriba y con espátula. Sin prisa y sin batir, que no quieres perder el aire que acabas de meter.
Tamízalos juntos con la pizca de sal directamente sobre la mezcla e incorpóralos también con espátula. En cuanto no veas harina, para. Cada vuelta de más desarrolla gluten y te acerca a un bizcocho.
Molde cuadrado de 20 cm forrado con papel de horno. Extiende la masa y da un par de golpes secos sobre la encimera para que suban las burbujas grandes.
180 °C, entre 20 y 22 minutos. Un palillo tiene que salir con migas húmedas pegadas, no limpio. Déjalo enfriar por completo en el molde antes de cortar, aunque te cueste.
Sácalo antes de que esté hecho. El brownie sigue cocinándose con el calor residual del molde, así que si esperas a que el palillo salga limpio, ya lo has pasado. La diferencia entre un brownie y un bizcocho de chocolate son dos minutos de horno.