Sin amasadora, sin masa madre y sin técnica. Harina, agua, sal y levadura, y que el tiempo haga el trabajo por ti. Quince minutos de trabajo real repartidos en cuatro horas, y una corteza que cruje de verdad.
En un bol grande, harina, sal y levadura. Añade el agua y remueve con una cuchara hasta que no quede harina seca. Un minuto. La masa va a quedar pegajosa y con mal aspecto: es lo normal y lo correcto, no añadas más harina.
Tapa el bol con film o un paño húmedo y olvídate a temperatura ambiente. Durante ese tiempo el gluten se desarrolla solo, sin que tú amases: es lo que se llama autólisis. La masa debe doblar su tamaño y llenarse de burbujas.
Mójate las manos, coge la masa por un lado, estírala hacia arriba y pliégala sobre sí misma. Gira el bol un cuarto de vuelta y repite cuatro veces en total. Esto le da la fuerza que necesita para no aplanarse en el horno.
Vuelca la masa sobre la encimera enharinada y forma una bola metiendo los bordes hacia dentro y hacia abajo. Colócala sobre papel de horno con el cierre abajo y deja reposar 45 minutos tapada con un paño.
Mete una olla de hierro con su tapa en el horno a 250 °C durante media hora antes de hornear. Tiene que estar ardiendo. Cuidado al manipularla: usa guantes gruesos y ve despacio.
Haz un corte profundo en la masa con un cuchillo bien afilado, levanta el papel con el pan y mételo en la olla. Tapa, 25 minutos. Destapa y otros 15 hasta que esté bien dorado. Enfría sobre rejilla al menos una hora antes de cortar.
La olla tapada es el truco entero. El pan suelta vapor mientras se hornea y, al quedar atrapado, mantiene la corteza flexible el tiempo suficiente para que el pan crezca antes de endurecerse. Es lo que hacen los hornos de panadería con sus inyectores de vapor, pero gratis.