La de La Viña, o lo más cerca que he conseguido llegar después de unos cuantos intentos. Quemada por fuera, temblorosa por dentro. Cinco ingredientes y ni uno más: nada de base de galleta, nada de gelatina.
210 °C con calor arriba y abajo, sin ventilador. La temperatura alta es lo que crea ese tostado oscuro característico antes de que el interior se cuaje del todo. No la bajes.
Molde desmontable de 20 cm. Coge un papel de horno, arrúgalo con las manos hasta que quede como una bola, ábrelo y fórralo dejando que sobresalga por los bordes. Las arrugas son parte del encanto: dan esa forma irregular tan reconocible.
Bate el queso con el azúcar hasta que esté liso y sin grumos. Que el queso esté a temperatura ambiente no es un detalle menor: frío no se integra y acabas con puntitos blancos en la tarta.
Añádelos uno a uno, integrando bien cada uno antes del siguiente. Bate a velocidad baja: no quieres meter aire, quieres una mezcla densa. El aire hace que suba en el horno y luego se hunda por el centro.
Incorpora la nata en dos veces y, al final, la harina tamizada. Solo una cucharada: lo justo para dar algo de estructura sin que deje de ser cremosa. Mezcla hasta que desaparezca y para.
Vuelca en el molde y hornea entre 35 y 40 minutos, hasta que la superficie esté muy dorada, casi marrón. Al sacarla, el centro tiene que temblar como un flan. Parece cruda. No lo está: cuaja al enfriarse.
Que tiemble. Si mueves el molde al sacarlo y el centro se queda quieto, se te ha pasado y tendrás una tarta de queso normal en lugar de una cremosa. Mejor sacarla treinta segundos antes que treinta después.