Masa escaldada, aceite a 195 grados y una manga con boquilla de estrella. El chocolate, espeso de verdad, del que aguanta el churro de pie sin que se caiga.
Agua, sal y la cucharada de aceite de oliva en un cazo. Que rompa a hervir de verdad, con borbotones: esa temperatura es la que escalda el almidón de la harina y da la textura correcta.
Retira el cazo del fuego y echa toda la harina de una vez. Remueve con una cuchara de madera con energía. Al principio parece que no va a ligar; sigue removiendo y en treinta segundos se convierte en una bola que se despega de las paredes.
Vuelca la masa en la encimera y amásala dos minutos, aunque queme un poco. Va a quedar lisa y algo pegajosa. Este amasado es lo que evita que los churros revienten en el aceite.
Manga con boquilla de estrella cerrada, de al menos un centímetro. La forma estrellada no es decorativa: aumenta la superficie y por eso quedan crujientes. Con boquilla redonda salen porras, que están buenas pero son otra cosa.
Aceite abundante y termómetro si lo tienes. Escudilla tiras de unos quince centímetros, cortándolas con unas tijeras mojadas. Dos minutos por cada lado, hasta que estén dorados. No metas más de cuatro o cinco a la vez.
Disuelve la maicena en un poco de leche fría. Calienta el resto de la leche con el azúcar, añade el chocolate troceado y, cuando se funda, incorpora la maicena. Remueve dos minutos hasta que espese. Reboza los churros en azúcar y a mojar.
El termómetro marca la diferencia. Si el aceite está por debajo de 180 grados, los churros lo absorben y quedan aceitosos; por encima de 200, se doran por fuera y quedan crudos por dentro. Los 195 grados son el punto exacto.