El aperitivo que no falla nunca y que se hace mientras pones la mesa. La clave está en no pasarse ni un segundo: la gamba se hace en segundos, no en minutos.
Escúrrelas y pásalas por papel de cocina hasta que no tengan nada de humedad. Si están mojadas, el aceite baja de temperatura y las gambas se cuecen en lugar de saltearse. Si son congeladas, descongélalas del todo antes.
En una sartén o cazuela de barro, el aceite con el ajo laminado y la guindilla partida, a fuego medio. Deja que el ajo se vaya dorando despacio para que perfume el aceite. Dos o tres minutos.
Cuando el ajo empiece a coger color dorado, sube el fuego al máximo y añade las gambas con una pizca de sal, extendidas en una sola capa.
Ni uno más. Sabrás que están cuando pasen de gris translúcido a rosa opaco y se curven formando una C. Si se cierran del todo formando una O, te has pasado y ya están gomosas.
Añade el vino blanco o el brandy y deja treinta segundos a fuego fuerte para que evapore el alcohol y se ligue con el aceite y los jugos de la gamba.
Apaga, echa el perejil picado y remueve. A la mesa inmediatamente, que el calor residual sigue cocinando y cada minuto de espera es un minuto de gamba dura.
Si tienes cazuela de barro, úsala. Mantiene el calor mucho mejor que el metal y las gambas llegan burbujeando a la mesa. Caliéntala siempre a fuego suave al principio, que un cambio brusco de temperatura la puede rajar.