Cada verdura por separado y al final todas juntas. Es más trabajo, no te voy a engañar, pero es exactamente la diferencia entre un pisto y un revuelto de verduras tristes.
Dados de aproximadamente un centímetro, todos iguales. No es manía de cocinero: si los trozos son desiguales, unos se deshacen mientras otros siguen crudos, y adiós textura.
En una sartén amplia con un buen fondo de aceite, pocha la cebolla a fuego suave con una pizca de sal hasta que esté transparente. Diez minutos. Sácala y resérvala.
En el mismo aceite, los dos tipos de pimiento juntos, a fuego medio, hasta que estén tiernos pero con algo de mordida. Fuera y a reservar con la cebolla.
Es el más delicado: ocho minutos a fuego medio-alto, removiendo poco. Tiene que dorarse ligeramente por fuera y quedar entero. Si lo remueves mucho, sueltas el agua y se te deshace.
En la sartén ya vacía, el tomate rallado con la cucharadita de azúcar (corrige la acidez) y sal. Veinte minutos a fuego lento hasta que pierda el agua y se concentre. Tiene que quedar una salsa espesa, no un caldo.
Devuelve todas las verduras a la sartén con el tomate y deja cinco minutos más a fuego suave para que se conozcan. Rectifica de sal y apaga.
Está mejor de un día para otro, y no es una frase hecha. Al reposar en la nevera, las verduras terminan de soltar y absorber sabores entre ellas. Hazlo el sábado para comerlo el domingo y notarás la diferencia.