Tres ingredientes: almendra, azúcar y huevo. Sin harina, sin levadura y sin mantequilla. Es naturalmente sin gluten, y lo era siglos antes de que a nadie se le ocurriera poner esa etiqueta en un paquete.
Calor arriba y abajo. Prepara un molde desmontable de 22 cm forrado con papel de horno en la base y engrasado en los laterales.
Con varillas, cuatro minutos hasta que la mezcla blanquee y quede espumosa. Como no hay harina ni levadura, todo el aire que suba la tarta lo metes tú aquí. No te saltes este paso.
Incorpora la almendra molida, la ralladura de limón y la canela con movimientos envolventes, con espátula y desde abajo hacia arriba. Con cuidado de no bajar la mezcla.
Vuelca en el molde y extiende sin insistir demasiado. La superficie irregular queda bien: esta tarta nunca ha pretendido ser perfecta.
Hasta que la superficie esté dorada y un palillo salga limpio. Si ves que se tuesta demasiado rápido por arriba, cúbrela con papel de aluminio los últimos diez minutos.
Déjala enfriar por completo en el molde. Coloca encima una plantilla de la cruz de Santiago (la recortas en cartulina en dos minutos) y espolvorea azúcar glas generosamente. Retira la plantilla con cuidado, en vertical.
Si puedes, muele tú la almendra. La que venden molida lleva meses en el paquete y ha perdido buena parte de su aceite, que es donde vive el sabor. Compra almendra cruda entera y dale unos golpes de picadora, sin pasarte o saldrá pasta.