Cinco ingredientes, una sartén y cuarenta minutos. Mi abuela lo hacía los jueves y la casa entera olía a ajo desde el portal. La salsa pide pan, y en esta receta el pan no se discute.
Sala el pollo al menos media hora antes de cocinarlo, mejor si es una hora. La sal necesita tiempo para penetrar; si la echas justo antes de la sartén, solo sazona la superficie.
Separa los dientes sin pelar y dóralos en el aceite a fuego medio hasta que la piel esté tostada. Sácalos y resérvalos. Con piel no se queman y se confitan por dentro: quedan dulces en lugar de agresivos.
Sube el fuego y dora los trozos por todas sus caras en ese mismo aceite. Hazlo por tandas: si amontonas el pollo, suelta agua y se cuece en lugar de dorarse. Ese dorado es el sabor de todo el plato.
Con todo el pollo dorado en la sartén, devuelve los ajos y añade las hojas de laurel. Remueve un minuto para que se mezclen los aromas.
Vierte el vino y sube el fuego dos minutos para que evapore el alcohol. Con la cuchara de madera, raspa el fondo de la sartén: todo eso que está pegado es puro sabor y se va a disolver en la salsa.
Baja el fuego al mínimo, tapa y deja veinte minutos. Destapa, aplasta los ajos con un tenedor contra la salsa y remueve. Perejil por encima y a la mesa con pan.
Los ajos, siempre con piel. Es el truco que lo cambia todo: protegidos, se confitan lentamente dentro de su propia camisa en lugar de quemarse. Al final los aplastas contra la salsa y sueltan una crema dulce que la liga sola.
La receta tradicional con pollo, conejo y garrofó.
Cremosa por dentro, dorada por fuera.
Sencillo, reconfortante y mejor al día siguiente.